Renta financiera: ¿Gravar o no?

Un breve aporte para repensar el impacto que genera un gravamen

¿Le conviene al país gravar la Renta Financiera? ¿Qué sucederá  en los Mercados? ¿Qué otros desafíos tenemos como país?

Publicado el 07/10/2017
Por Lic. Gastón Fontaine


Hace unos meses se viene escuchando de ciertos candidatos políticos que utilizan como lema de campaña “gravar la renta financiera”, con el fin (piensan), de obtener mayor cantidad de votos.

A lo largo del  tiempo, se generó una imagen distorsionada sobre las actividades bursátiles concernientes a la especulación y a la timba. Esta imagen fue perpetuada por individuos y sectores que poco entienden sobre el funcionamiento de la misma y al no poder entenderla, la terminan descalificando con altos niveles de prejuicios. Sin embargo, el plan sistemático de gravar la renta financiera constituye más que un simple prejuicio y error, ya que se desconoce el papel fundamental que poseen estos mercados (Mercado de Capitales) para financiar los proyectos de inversión tanto del Estado (Bonos, Títulos Públicos) o de empresas (Acciones, Obligaciones Negociables, etc).

Veamos. Si la renta financiera se entiende popularmente como la compra y venta de Bonos, Acciones y LEBACS, reflexionemos primero quienes son los emisores de cada una. En el caso de las acciones son empresas que en busca de financiamiento acuden al Mercado de Capitales, en el cual deben cumplimentar la presentación de balances trimestrales y aceptar hacer pública su información contable, entre otras cosas. Por el contrario, tanto los Títulos Públicos como las LEBACS son emitidas por el mismo Estado Nacional, en forma de deuda, para financiar su Gasto Público (esto es sueldos de empleados públicos, jubilaciones, subsidios, etc). Por lo tanto, cada inversor que compra un Título Público o LEBAC, le está prestando al mismo Estado para que éste pueda aumentar o mantener los niveles de Gasto Público.

Que el Estado cobre un impuesto al inversor por prestarle su dinero es un despropósito. Pensemos por un momento en el nivel de inflación (que es generada justamente por el exceso de emisión monetaria del Gobierno) de aprox. el 25% de estos últimos años. Si se las compara con las ganancias de las LEBAC que es del 26% anual aprox. (donde también hay que restarle las comisiones del Broker), el resultado nos dará que a un (1) año obtendríamos una rentabilidad real de menos del 1% comprando LEBACS (26% – 25% – comisiones). Esta situación representa el actual escenario financiero sin un gravamen de la renta financiera.

Si se calcula el impacto que tendría un impuesto a esta inversión, veremos que; 1) el inversor se trasladaría a otras inversiones más rentables y el Estado se queda sin financiamiento teniendo que buscar otras vías o; 2) se subirán las tasas de interés, que tiene como resultado el encarecimiento del crédito y la caída de la inversión privada. Lo más común que suceda es que haya una suba de las tasas de interés, donde se deberá pagar más por pedir un préstamo. Si las empresas productoras de bienes y servicios deben pagar más por obtener financiamiento, entonces deberán subir sus precios,  y esto, se trasladará a los precios en la calle. Pero el verdadero mello resulta en que el mismo Estado deberá desembolsar mayores fondos para cumplir con sus deudas. Para poder abonar este mayor nivel de deuda, el Banco Central deberá imprimir más billetes, aumentando la presión inflacionaria.

Conclusión: el que termina perdiendo es el más pobre, ya que no puede evitar pagar los aumentos de precios por estas subas de tasas de interés. Por lo tanto, gravar la renta financiera no parece la mejor opción que tiene hoy por hoy la Argentina. Existen otros desafíos más importantes y urgentes como bajar el nivel de inflación, reducir el Déficit Fiscal y el Gasto Público, bajar la presión impositiva, entre otras cosas. Para construir una casa, primero se comienza construyendo una base, luego las paredes y finalmente el techo. Gravar la renta financiera, quizás, sea la chimenea de esta gran casa que llamamos Argentina.